09 Agosto 2024 No sabía ya dónde esconderme. Siempre pensé que era una persona astuta, cualidad que le atribuyo a mi oficio. “Una escritora es esencialmente una espía”, alguien escribió alguna vez. Pero yo… yo… me quedaba corta, realmente había una espía, una de vísceras cabronas [así parecía], que me estaba investigando desde hacía once años en las sombras más oscuras [si es que eso se puede decir o ¿será un pleonasmo?]. Quiero pensar que ella tenía un título de agente secreto expedido por alguna institución absurdamente burocrática. Quiero pensar que ella era la espía de los amantes locos de la taiga y que jamás me encontraría o sí, pero por sororidad se haría la que la virgen le habla y diría públicamente que fracasó en el caso de la escritora-espía. Llegaría con su cliente a decirle “desapareció en Japón mientras escribía un poema sobre la sandía: “¡Del verano, roja y fría!”, algo así pero diferente; o se perdió en las calles citadinas de Corea: limpias y disciplinadas; o se atragantó con una gamba [¿?], cayó en coma en un hospital donde atienden robots y murió”. Qué sé yo [así de absurdo]. Estaba en la ciudad más caótica de todo el planeta, jamás iba a encontrarme. En la ciudad Cisne es imposible localizar a nadie, tanto es así que algunas mujeres que salen de sus hogares cada mañana a trabajar, a estudiar, a vivir una vida libre [lo más libre que permite el derecho], no vuelven más. Son buscadas en las zonas boscosas; en algunas carreteras hacia las tierras prometidas, en el drenaje profundo, y jamás son localizadas. Y se jactan, el Estado, el Gobierno y la sociedad, de decir que fue la culpa de ellas por dónde estaban y por cómo vestían. En esta ciudad no se puede buscar ni perder a nadie. La ciudad te come, las venas profundas del asfalto te comen a boca del mal, a boca del crimen, a boca de los feminicidas, a boca de los enfermos de poder. Bajo esta lógica maligna y sin entrañas del Estado, yo tampoco podría ser localizada. Que cuál fue mi primer pensamiento… Que me dieran por muerta antes de caer en las manos de aquel cerdo. No quería morir [o sí, o no. No. No quería morir], sin embargo, repudiaba al asqueroso ese. Quiero pensar que la espía recibió una buena cantidad de dinero para hacer ese maléfico [qué clase de palabra es esta] trabajo, perseguir a una mujer, una mujer espía persigue a otra mujer espia, parece de risa y devela la falta de ética de la sujeta. Además, ¿en la cabeza de quién cabe la posibilidad de buscar a una mujer libre, solo para fastidiarla por tantos y tantos años? Claro, en la cabeza de él y su sucio dinero. Dónde podría esconderme para que nadie diera conmigo. Me cambié de nombre cuatro veces; me mude; cambié de profesión; de trabajo; de esposa; cambié hasta de corte y color de cabello. Los años eran una eternidad y el cerdo ese no me dejaba ir. Él se casó, tuvo hijos, se divorció, incluso se volvió escritor, funcionario, diplomático y no sé qué más títulos obtuvo. Pero lo cerdo nadie se lo quitaba. Y perdón porque los verdaderos cerdos no tienen nada que ver aquí. Las analogías en el lenguaje son cosa dura. Que si me amaba… En uno de sus poemas sale mi nombre, el primero que tuve. Una mañana nos reunimos en la alameda, subimos el edificio más alto para mirar las jacarandas, y contemplando el panorama pospandémico, rancio y contaminado de la ciudad Cisne me dio el poema escrito en algo, no recuerdo en qué, hoja, pantalla o servilleta, fui incapaz de leerlo, nunca supe el porqué, pero, en retrospectiva, creo que fue la dislexia la que no me dejó. Dislexia combinada con miedo. En esos días nada importaba. Y que si lo amaba… claro que sí, pero él a mí, jamás. Creo que él ha sido más cabrón que el hombre de la Chayo porque por lo menos él nunca la negó [negar no es lo mismo que ignorar ¿o si?]. El Cerdo a mí, sí. Siempre ha negado que me conoce. Ha dicho públicamente que le encantaría encontrarse con una escritora como yo. Ha dicho que lee mis libros, que adora mis poemas, que ama Te llamarás Rebeca, poema que celebra la vida. El tipo de persona que hace esas declaraciones y acecha a una mujer libre debemos llamarlo como se debe: cerdo maldito. Qué cómo comenzó… A principios de marzo de 2026 inició el jueguito de la espía [quiero pensar o no me había dado cuenta], yo tenía veintisiete años, vivía fuera de la ciudad Cisne y supe por conocidos que me estaban buscando en mi antiguo domicilio. Una mujer de unos cuarenta años se paseaba por mi calle, tomaba fotos de mi casa, se quedaba allí por ratos. ¿Quién era yo como para que alguien se interesara en mí? No tenía sentido. Nunca lo tuvo. ¿Yo? ¿Quién soy yo? *** Entendí por donde iba el asunto cuando a mediados de ese año acudí a mi antigua facultad por temas de trabajo y cuando salía del estacionamiento se me atravesaron dos camionetas negras con vibras de … ya sabe…, ¿el tema era conmigo? o ¿un accidente vial? ¡qué carajos era aquello! De la atropellada situación, no sé cómo pero salí librada. Las camionetas se arrancaron sin más. Tuve miedo, de ese que te hace temblar y después te congela. Días después supe que era él quien estaba detrás de esos vidrios polarizados. Yo quedé con el corazón quebrado. Fue un acto desesperado de su parte. Pues, ¿quién era yo? ¿ ____ ? [añadan el nombre de alguna de las personas más buscadas del planeta]. Creo que en esa ocasión quisieron intentar otra cosa, mas el plan se les saló por falta de profesionalismo o pericia. Todo estaba tan reciente que estoy segura que el destino que él tenía para mí no estaba claro aún [intuí que no sabía qué hacer conmigo]. Qué cómo conocí a la espía… La espía, como “buena” tejedora [o eso creí] comenzó a hilar y crear redes, primero encontró a mi exesposa. En aquel momento teníamos dos años de casadas y trajimos al mundo a un bebé. Creíamos que nuestro bebé merecía respirar un aire menos contaminado y nos mudamos a fuera de la ciudad en donde ya no se llama zona conurbada, pero tampoco es el campo verdadero en sí, cerca de donde vivía el escritor aduanero, cerca de donde mi monjita querida, allá por el sur-oriente. Fue cuando me dijeron que alguien rondaba mi antigua casa. Guardé el secreto. Lo siguiente que pasó fue que en las idas y venidas de la ciudad al estado siguieron a mi ex, Maricarmen. No en tercera persona del plural, en tercera persona del singular, la espía siguió a Maricarmen, así fue. Que qué hizo la espía con eso… No hizo nada. Solo mirar. Mirar. Fotografiar. Fue tan discreta que nadie se dio cuenta más que yo, su homóloga. Después de eso fue cuando pasó lo de las camionetas. La espía me había seguido desde el pueblo hasta la facultad y ahí explotó todo. Tuve que decirle a Maricarmen por seguridad del Bebé. Allá en el pueblo nos quedamos encerradas muchos días, era época de lluvias, me acuerdo bien. No sacabamos al Bebé ni al viento de la ventana. -Que cuánto tiempo nos quedamos allí… Días enteros. -¿Noches de incertidumbre, me imagino? -Todas. ***
CONTINUARÁ… Rosmalia Alatriste
1 Comment
Marcela Quintero Ayala
2/12/2025 07:18:11 pm
La mirada de la Espía es como la de nuestros tiempos actuales: es testigo? compañera de vida? sombra? Un enigma temido y, al mismo tiempo, necesario
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A veces escritora, a veces poeta, a veces artistaSoy Rosmalia Alatriste y escribo cuanta cosa se me ocurre. A veces cuentos, a veces poemas, a veces relatos o reflexiones... en fin, escribo. Archivo
May 2026
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